LOS ANIMALES Y LA MUERTE

La muerte es un concepto que no suele ser muy bien encajado como parte inexorable de nuestra existencia, sobretodo en nuestra cultura occidental y lo mismo nos sucede cuando se trata de la desaparición de un animal que nos ha acompañado a lo largo de un periodo más o menos extenso de nuestra vida.

Sobre la muerte y los animales me gustaría transmitiros una información que me llegó a raíz de una conferencia dada por una de mis maestras, Paloma Bärtschi-Herrera, “animal communicator” o que comunica con animales, para que os pueda servir de ayuda en estos momentos de tránsito, normalmente acompañados de dolor, angustia, impotencia y tristeza y así poder reconvertirlos, en la medida de lo posible, en experiencias más positivas, serenas y porque no, educativas y constructivas.

Al margen de las creencias existenciales o religiosas de cada uno, que por supuesto son más que respetables, Paloma se expresa en los siguientes términos y describe 5 fases en la muerte de un animal que de hecho, son igual a las de los seres humanos.

A diferencia de gran parte de la humanidad, los animales sí son conscientes de que la muerte forma parte de la vida y saben cuándo van a morir e incluso, dentro de unos límites, escogen el momento más propicio en base a varios factores. Por lo tanto, cuando un animal viene a este mundo, sabe que se introduce en un cuerpo del que debe volver a salir tarde o temprano y nunca se olvida de ello.

Se establece una comparación entre muerte y nacimiento ya que el nacer supone un tipo de estrés, tanto para la madre como para el neonato, necesario para que el alma se pueda introducir y quedar en el cuerpo, estrés parecido se produce cuando tiene que soltarlo y salir de él (agonía).

Según ciertos estudios científicos, los bebés que nacieron con cesárea están dotados de menos fuerza de voluntad que los que nacieron por procedimientos naturales, es como un trauma más de nacimiento.

Si el animal se eutanasia antes de haber decidido irse o estar preparado para ello, sucede lo mismo que en el caso de la cesárea, puede tener un “trauma de muerte” aunque si esto pasa, también se le puede ayudar para conseguir que fluya en su camino y consiga la paz, por ejemplo poniendo una vela con la intención de ayuda y la energía que produce la vela al ser consumida llega de alguna manera produciendo el beneficio deseado.

“La pregunta del millón” es: -¿y cómo saber si ya está dispuesto a irse?-
Aquí es donde la explicación de cada fase nos ayudará a identificar correctamente en qué momento del tránsito está nuestro animal.

Fase 1:
El animal deja de comer y el cuerpo empieza a deteriorarse ya que su meta es salir del mismo y conviene que éste se encuentre cansado y débil, sin energía apenas.
Se puede ayudar aplicando el color amarillo (aunque él no lo vea) en forma de luz, objetos del entorno, etc.
Orgánicamente, este color se asocia al estómago y al intestino.
Aquí el animal ha de decidir si seguir o no dentro de su cuerpo.

Fase 2:
El riñón deja de trabajar al ritmo natural y disminuye su funcionalidad.
El animal empieza a mostrarse inquieto y puede dar la impresión de estar sufriendo.
Puede ir de un lado a otro, desasosegado.
El cuerpo segrega endorfinas (una especie de droga) para que el animal no sienta tanto dolor pero él se da cuenta de que tiene que empezar a soltar ese cuerpo y eso le pone nervioso.
Se suelen distanciar de los humanos para poder irse tranquilos ya que si existe demasiado enganche con ellos es más difícil así que hay que intentar dejarlos ir, respetando su decisión.
En esta fase el color adecuado es el azul, correspondiente al riñón y la hidratación.

Fase 3:
El cuerpo recoge la energía que queda y la reúne para, finalmente, hacerla desaparecer. Es el momento típico en que la mayoría de animales parece que revivan y hasta llegan a disfrutar de las cosas que les gustan, vuelven a comer algo, a tener cierta actividad, etc.
El corazón se vuelve otra vez fuerte y la energía que recoge se va quemando con cierta intensidad.
El color relacionado con este órgano es el rojo.

Fase4:
La energía casi ha desaparecido. El animal está echado, se relaja, suele apartarse a un rincón, esperando pacientemente salir de su cuerpo.
Puede que empiece a gemir o hacer sonidos guturales. Entonces no es conveniente tranquilizarlo ni ponerse nerviosos sino que le ayudaremos si gemimos con él al unísono (parecido al ejercicio de las plañideras en el proceso de muerte humana que se practicaba antaño).
Una vez que el animal deja el cuerpo, todavía resta algo de su energía.
Aplicaremos el color verde, vinculado a los pulmones.

Fase 5:
El animal ya ha dejado definitivamente su cuerpo y deberíamos esperar medio día para que el proceso terminara totalmente, dejándolo en un sitio que creamos adecuado como su cama, por ejemplo.
Después puede hacerse con él lo que se prefiera como incinerarlo, enterrarlo, etc. ya que a ellos, llegados a este punto, suele darles igual la decisión que tomemos.
Nos puede ayudar en estos momentos el color naranja, en forma de piedras, flores o luz, que nos aporta alegría y disuelve traumas.

De manera general, podemos afirmar que si el animal se puede ir por su cuenta, siempre es mucho mejor y tener muy claro que si nosotros somos capaces de resistirlo, ellos pueden llevar a cabo el tránsito de sus fases perfectamente, sólo piden que esperemos a que estén dispuestos y preparados.

En caso de que haya que eutanasiar al animal hay que decírselo telepáticamente “tienes que pasar tus fases rápido” y proporcionarle cierto tiempo.

Vale la pena recordar pues, que ellos no anticipan ni temen su muerte sino que entienden perfectamente la naturaleza eterna de su ser.

Realmente, el dolor que se siente al perder un animal querido puede ser una experiencia mucho más dolorosa y traumática que cualquiera otra relacionada con la muerte y a veces nos preguntamos porqué, cuál es la magnitud que nos lleva a llorar tanto la pérdida de ese ser, y lo que sucede es que nuestros animales representan para nosotros la energía pura y positiva, lo que somos todos al nacer y así, muchas veces, al prestarle atención o relacionarnos con ellos, conectamos con nuestra fuente primigenia de energía, con nuestro ser puro y verdadero y eso nos produce una felicidad inmensa así que cuando lo perdemos, echamos de menos sobretodo esa conexión, ese estado o sintonía que nos inspiraba nuestro compañero animal.

Algo que nos puede ayudar y hacer mucho bien es pensar en los sentimientos de bienestar que nos proporcionaba su compañía, su alegría al recibirnos cuando llegábamos a casa, su entusiasmo al jugar con un amigo en el parque, su paz cuando dormía tranquilo, etc. y así, mientras nos relajamos con sus recuerdos agradables, volvemos a sintonizar del mismo modo que cuando estábamos con él. El conectar de nuevo con este tipo de vibración, nos ayuda a sintonizarnos a nosotros mismos y liberarnos del sufrimiento por su pérdida.

Asimismo, agradecer profundamente haber compartido una parte de nuestras vidas con ese ser maravilloso y sentirse enormemente afortunados y felices, más por lo vivido que por lo perdido.

Si estamos preparados y así lo deseamos, seguro que el universo nos trae otro animal al que poder querer y con el que poder seguir compartiendo nuevas experiencias y enseñanzas pero sin pretender llenar un vacío sino realmente desde el estado de sintonización interior que produce armonía y paz.

Por último, desearía dedicar este escrito a todos y cada uno de los animales que pasaron por mi vida y agradecerles su inestimable existencia.

Por: Gemma Sanuy Sarroca

Web de Paloma Bärtschi-Herrera para más información: http://www.tiertalk.ch


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